viernes, 28 de octubre de 2011

Recompensas

De algún modo acostumbrados a sufrir improperios, a que desestimen nuestro esfuerzo, a que se minusvalore nuestra aportación, a que en definitiva tuviésemos encallecidos los pies de tanto pasearnos por el filo de la cuchilla, a muchos de los profesionales de mi generación nos quedó el poso amargo de no haber disfrutado nunca o casi nunca con el trabajo realizado. Unas veces, las más, viéndonos ninguneados por los superiores o persiguiendo los objetivos inalcanzables a los que estábamos sometidos. Otras, incomprendidos también por lo que se llamó público objetivo en las campañas, que se resentían de su fiereza y nos devolvían mensajes a veces insospechados de irremisible contundencia.

Enfín, que acabamos viviendo en el más absoluto abandono nuestra dedicación a las funciones para las que nos creímos dotados. Por eso, cuando ayer mismo presencié cómo se acercaba hasta mi lúgubre despacho el Director de Zona agasajándome con felicitaciones, placas, incluso fotos de compañeros queridos a los que hacía mucho que no veía, no daba crédito y estuve receloso de todo, sin creerme nada, esperando de un momento a otro el derrumbe de aquel bonito edificio que me construía.

Llegaba el día en que se alababan mis méritos, se otorgaba credibilidad a mis informes, se daba públicamente valor a mis propuestas en favor de una Sociedad más justa, mas equilibrada, más crecida... y me henchí de gozo, lo reconozco, sentí de veras cómo me había llegado la hora de los reconocimientos, de recoger los merecidos laureles después de tanta sequía.

Cuando estaba en lo mejor -siempre ocurre lo mismo- llegó de súbito el desencanto y la desagradable sorpresa al comprobar que todo había sido un sueño, un buen sueño del que desperté de repente dándome cuenta del fiasco, inmediatamente.

En ese momento la reacción expontánea, que podía haber sido nefasta, fue una mueca risueña. Al fin y al cabo solo en sueños podía esperarse tal cosa. La realidad acaba imponiéndose impávida. No vale la pena afrontarla sin más esfuerzo que el de una sonrisa bien sana.

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