domingo, 18 de septiembre de 2011

Reunión en el lago Como

Un rutilante marco acoge la reunión de amigos. Todos han ido llegando a la mansión a bordo de sus imponentes coches, conducidos por sus chóferes contratados con clausula de secreto profesional, que asumen con discrección impoluta.

Están convocados todos a una reunión informal, un Tea Party sereno y cordial en el que manifestar todo cuanto les ha unido siempre o no tanto, desde que se hiciera casi obligado acudir por la insistencia de la anfitriona Alycia en su casa del lago Como. Una cincuentona de exquisita elegancia que decidió establecer en esta y no en otra de las muchas villas que posee por el mundo. Pertenece al mundo de la business class sin referirme con ello, que también, a los cómodos sillones instalados en las lineas aéreas. Negocios que siempre sostuvo y con los que alcanzó la cualificación que posee y las relaciones que cualquier mortal de nuestro tiempo desearía.

El plano personal que ocupa es realmente interesante. Nada de frivolidades, buen vestir, estupenda figura y escasa atención al flirteo para el que no demuestra consideración ni otorga ningún pie para ello. Nadie conoce el presente y pasado amoroso de esta mujer que sin duda posee cualidades para atraer a los personajes más relevantes de su condición, alguno de quienes de seguro cultiva y se mueven en las mismas sombras. Ningún ser humano a su alcance deja de advertir el derroche de felicidad que irradia, sin que sea posible dejarlo de compartir con alguien; inclusive sus amigos más íntimos a quienes también les está vetado su private holding

El lugar, una terraza espaciosa junto a la orilla del lago, dispuesta a acogerles a todos en medio del lujo por los detalles: vajilla de plata reluciente, pasada de moda quizás pero elegante, bandejas de coloridos petit-choux sobresaliendo de las puntillas de papel refinado, jarras de cristal de roca tallada y legiones de copas en las que albergar licores o cavas de cualquier procedencia aunque de categoría sobrada.

Se han ido acomodando todos en torno a la mesa buscando una indiscutible afinidad, en la que se aprecian ausencias.

¿No ha venido Silvio?   -pregunta intrigado un trajeado hombre bajito-

Hace tiempo que no es bienvenido   -le contesta Andrée con suficiencia-

Ambos caballeros pertenecen a la oligarquía europea, son integrantes de consejos de grandes empresas que aunque no las representen en esta ocasión, asumen la prepotencia de sus marcas, rimbombantes y de moda, creidos del todo en la importancia de sus fabricados para la vida social planetaria.

En esta reunión no se presupone que todos comulguen de la misma filosofía, aunque tengan claros los fines que mueven sus engranajes. Equivale tan solo a una toma informal de contacto, o al menos eso cree una mayoría, para la que el mundo debiera estar hecho a su imagen y semejanza aunque ahora lo impidan corrientes de malsana envidia y venganza. Está presente la oligarquía mundial, o al menos una parte significativa de ella y se prescinde de cualquier cosa relacionada con la clase política o sus testaferros que, a conciencia, nunca fueron invitados.

Por nacionalidades hay teutones, sajones y latinos con personalidad y raigambre pero aquí se confunde el concepto de paisanaje, que no conduce a otra cosa que lo impropio de esta alcurnia supranacional que solo habla de lo global y más interesante.
Por haber hay hasta un Rothschild entre los asistentes que nunca habla de familia, es joven y se valora como corresponde a su estirpe y categoría. Jamás dará su versión personal en temas de conversación que se pongan sobre la mesa, siempre será la empírica que corresponda en su quehacer diario.

Curiosamente ningún político se acercó nunca a esta mesa. Alycia se cuidó siempre de no invitarles, quizás con el fin de no malograr resultados.

La reunión discurre por cauces muy distendidos; se habla de todo y por todos, incluida la versión más reciente del arte que se pasea por las Galerías de París y de Londres, hasta que alguien aduce al nuevo Orden Mundial que impera en las calles y plazas del globo, por Oriente y por Occidente.

Alycia dirige su atención hacia el foro que gana en audiencia.

Amigos, creo que hay razones fundadas para inquietarse por el caos imperante. En otros tiempos diferían los espacios, se polarizaban las luchas por el poder político, se jugaba con otras cartas...

Querida, no deberíamos dramatizar la situación, mis consejeros afirman que no vamos a perder nunca el control, nos necesitan más que los rayos de sol. Solo hay que consolidar lo conseguido y lo conseguido es mucho. La clave, mover del sillón a los políticos, esperar a que la presión les termine fundiendo en su mismo fluido y acabe con ellos, que ya vendrán quienes revoquen nuestras fachadas, te lo aseguro  -la contesta un afamado banquero-

La influencia que pesa sobre el personaje que acaba de hablar con solemnidad, asienta el mensaje de tranquilidad cuando todo parece tan confuso.

Otro de los reunidos parece dispuesto a seguir por la misma linea.

No hay por qué preocuparse amigos, la unica fuerza evidente que hay que manejar es la  de la mafia que nos invade, aunque se necesiten sus sinergias en estos momentos de agobio en las calles. Quizás nunca debimos consentir que se hiciera tan fuerte. Ahora lo inevitable se tiene que transformar en rentable... Hay que volver al progreso y devolver a la gente la sonrisa, eso es todo.

¿Eso es todo?,   -interviene Roland, un magnate de la automoción-  llevamos perdida una fortuna...

La estructura social se va a ver reforzada, sin duda  -le contesta Alycia- cuando terminen por equilibrarse las distintas zonas del mundo. Varias velocidades sin sincronizar son incapaces de movilizar al vehículo.

El más anciano y sesudo de todos los asistentes, esbozando una sonrisa sentencia:
En la historia, el poder siempre pervive aunque tenga que asistir a los cambios que inevitablemente se produzcan. Díganmé si no quien puede suplantarle. Me refiero al poder que ha sido capaz de ordenar el progreso que disfrutamos ahora con las cotas más altas de bienestar, jamás pensadas. Siempre tendremos que afrontar a los indeseables, a los incorformistas, a los vagos y maleantes... no nos queda más remedio.

Un relato simplista, querido Henk, aunque muy ilustrativo, pero yo abogaría por que esbozáramos algo futurista, lo que acabará siendo este mundo pasados los años para posicionarnos cómodamente  -replica Alycia-

Le aseguro que de eso sí que careceremos, de comodidad  -la contesta Henk-  o al menos de la comodidad con la que vivíamos antes. Todo parece saberse ya de antemano, se imagina o se simula para conocer qué será de nuestro inmediato futuro aunque el futuro sea, como siempre, lo más incierto. Aparecen nuevos elementos que modifican la vida para nuestro desconcierto. Al ave fénix de siempre habrá que dotarle de más inventiva para que no sólo renazca de sus cenizas, sino que además haga indestructibles también a las crías. La Tasa Tobin, la Tasa Tobin... que equivocados están...

Alguien, que no había intervenido todavía, jóven, discreto, seguro de sí mismo, se hizo escuchar con encantadora voz grave.

La convergencia de las fuerzas de progreso que Vds. representan, agotó hace mucho tiempo las aguas que manaban abundantes del pozo, que parecía no tener fondo. Hay que reiniciar los sondeos reinventando la nueva Sociedad que se nos presenta, joven y dispuesta.

Una reflexión que sin resultar erudita acalló a todos los presentes, la mayoría anclados en posiciones impenitentes.

Esta convención informal termina plácidamente y nuestra anfitriona, cargada de fe en sus negocios, despedirá a cada uno de sus invitados diciéndoles que seguro habrá una próxima.

Ocio de gente aburrida...

Saturados de ocio
Mecidos en las calidas aguas de la inacción,
nuestra carabela se halla al pairo esperando mejores vientos.

Entretanto procuramos la distracción,
tantas veces insana,
que nos retrotrae hacia lugares
donde nunca quisimos morar.

¿Qué puede darnos placer en la quietud?
¿Un regodeo fantástico de exaltación del ánimo?
¿Una fijeza adictiva que devora la entraña?
¿El olvido del postergado interés por algo?

No lo sé,
nunca me paré a pensarlo.

Mientras lo hago, vagueo,
no sea que termine agotándome de tanto pensar
y acabe alocando y muriendo en aquél mar
de inmensas aguas quietas de actividad.

Comprendo los duros trabajos de sol a sol
que emprendían los viejos, sin descansar,
eludiendo la holganza, preñando el futuro de gestación
para tenernos después qué reprochar.

Jovenes viejos, tumbados en el sofá,
gastados sus dedos en la consola,
acaso se vean puestos en solfa,
regurgitando en ese mismo mar, inundados por la ola
de un imprevisto temporal.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre Kandinsky

Hoy me decido a soltar mi opinión sobre este genio, convencido también de las inexactitudes que contendrá, pero referido a mi visita a la Exposición que tuvo lugar en Madrid, en la Fundación Juan March, allá por Septiembre de 2004

Su cuadro Composición me predispuso para referir sentimientos y sensaciones pictóricas derivadas del cuadro, relacionadas con los colores.

TERROR: Pavor por un mal que amenaza (sic)
Añado por mi cuenta que es un escalón superior al miedo. Mi sensación es la de un temor exacerbado que quizás y por fortuna no haya experimentado jamás en mi vida. Lo más cercano se produjo en la situación que viví en un viaje en avión desde Menorca a Mallorca, empujado sin saberlo por vientos huracanados ya que, cuando partí de allí no se habían originado aún.
En algún momento pensé que aquél sería mi ultimo dia en la Tierra. Hasta recé con fé al Altísimo en un rasgo poco frecuente.
Es algo que no puedes controlar, algo parecido a una obsesión que solo se calma con la superación del momento, aunque no intervengas para nada. Te contrae los músculos, te intranquiliza sobre manera, inmoviliza tu mente, te induce a refugiarte en un rincón. Lo relacionaría con los colores NEGRO ó GRIS, cercanos a la muerte, a la desesperación. Las formas serían inhumanas, oscuras, tenebrosas evidenciando lo intangible, lo desconocido.

BONDAD: (Sic) Calidad de bueno, blando y apacible de genio. Al oir esta palabra pienso en lo que no me defrauda, que técnicamente puede llegar a ser perfecto y referido a personas, que su tendencia natural es hacer bien, irradian paz, muestran un semblante feliz y dichoso y no dan pie a malos instintos... La identificaría con el color AZUL del cielo, sin mancha, profundo y relajante. También el BLANCO de las nubes algodonales y sus formas redondas y rechonchas. La sensación es la de paz, sentirte a gusto contigo mismo, la satisfacción por vivir acorde a los buenos principios que todo el mundo reconoce; la autoestima y la denegación de lo impropio. Las formas suaves, benignas, sin aristas...

FRIO: La palabra refiere sensación en sí misma. Se cita cuando la temperatura alrededor es inferior a la de tu cuerpo. Te produce molestia, disgusto, afectación de malestar y deseo inmediato de cubrirte, de protegerte, de evitar que tu cuerpo sufra sus efectos. Lo relaciono con el viento y con la atmósfera pura y los tonos AZUL INTENSO, RIBETEADO DE NEGRO. También con la transparencia incolora del hielo o los grises que llegan a invadir tu espacio vital en días de niebla. También me viene a la cabeza el plateado reflejo de los cristales de nieve radiados por el sol, sobretodo a primeras horas de la mañana. Las formas serían cortantes, duras, agresivas... inmisericordes.

INDIFERENCIA: (Sic) Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia por algo o alguien. Diríamos algo neutro que ni te mueve a la crítica ni te entusiasma lo más mínimo. No quieres tan siquiera concederle tu atención y la sensación que te produce es cero. El color sería el BLANCO de los folios, la linea de demarcación de contrastes, el GRIS blanquecino... La forma sería la masa inerte, el relleno... lo que está, sin saber muy bien por qué.

AMOR: (Sic) Afecto por el cual busca el animo el bien verdadero o imaginado y
apetece gozarlo.
Al ser el afecto una sujeción voluntaria a la que nos sometemos para llegar al goce, equivaldría a una sumisión a una esclavitud, pero sin la carga que conlleva un acto impuesto. Es una tendencia, una inclinación hacia algo que consideras próximo a ti, tuyo, que te importa más que otras cosas y que deseas poseer. El sentimiento lo describiría como la expresión de algo muy cercano que nunca olvidas, que llena tu vida y por lo que harías los mayores sacrificios. El color relacionado sería el más acorde a tus preferencias, en mi caso el AZUL y el ROJO vivo y claro. Las formas, sencillas, risueñas, agradables... con marcado carácter.

ENVIDIA: (Sic) Tristeza, a pesar del bien ajeno.

Aunque no sea uno de mis pecados capitales de referencia, las pocas veces en que he sentido envidia me han dejado con mal sabor de boca; como si me reprochara a mí mismo la actitud del momento. Quizás sea por mi rechazo frontal de siempre, lo desconozco pero el caso es que siempre la sentí insana, enfermiza, degradante...
La afronto en cualquier caso con la idea de que todos nacimos iguales y moriremos iguales. Escogería por tanto el color que me disguste como puede ser el manchado, el feo para la vista, el más desagradable...
Las formas, pues más bien deformes, tristes, agresivas.

En aquel momento de levitación, todo esto ví en Kandinsky.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Cena de idiotas

Aunque no tenga nada que ver el titulo con la conocida Obra, el relato tiene en común una reunión de amigos para celebrar sus éxitos.

La noche se presentaba cuando menos interesante. Movidos por la nostalgia, antiguos compañeros de colegio se han visto convocados a una cena en un chalet a las afueras de Madrid. El dia ha sido caluroso pero el lugar indicado parece blindado contra la canícula y las estrecheces. Pertenece a Juan Luis y a Matilde, pareja de cincuentones de éxito afincados en esta casa diseñada por los Levitt decididos a mostrarla sin complejos.

Van llegando poco a poco, primero Ramón el más desahogado, sin pareja, sin compromiso y un poco cansado de esta vida miserable. Económicamente no le va del todo mal pero al preocuparse solo de vivir, sus recuerdos no terminan por alimentar del todo a su ego en comparación con los otros. No estaba muy convencido de tener que ir pero Juan Luis se puso pesado, recurriendo incluso a chascarrillos del colegio que llegaron a provocarle sonrisas y ultimamente reía poco, por lo que pensó que esa noche se producirían algunas más.

Raul y Cristina le pisan casi los talones aparcando su flamante Mercedes biplaza del que se sienten tan orgullosos. El industrial, ella abogado, se esfuerzan por guardar las apariencias en un contexto de hipocresía negociada. No les falta de nada y sobrellevan la crisis buscando la rapiña de oportunidades de negocio entre los cadáveres que van quedando en la cuneta. Para eso sí están de acuerdo, no para mantener la vida conyugal que les ha superado con creces. Tienen dos hijos que apenas disfrutan, sometidos a la ley de libre albedrío y capaces de ordenarse las pizzas por teléfono cuando les viene en gana. En aquella clase del colegio de curas, Raul era el clásico trepa listillo que se las ingeniaba para liderar los primeros puestos.

Juan y Marisa llegan más tarde a bordo del utilitario, el funcionario en la escala de técnicos, ella maestra en la escuela pública, también funcionaria, lastrados ambos por esa forma de ser afectada por la burocracia del ser y del sentir en lo profesional. Lo tópico no tan tópico. Prudentes, respetuosos, sencillos o no tanto si enjuiciamos su aspiración de recien casados por conseguir aquél piso de la Castellana aún a costa de sacrificios numantinos. Con dos hijos casados o más bien unidos a sus parejas respectivas, que se arriman lo que pueden al beneficio materno.

Los detalles se agolpan en la mesa del salón de los anfitriones. Juan Luis siempre fue puntilloso y ahora no lo iba a ser menos; todos tienen su detallito que sorprende aunque para alguno resulte cursi.

De allí a la terraza, con vista espectacular hacia una puesta de sol inigualable donde, una chica de tez tostada y con cofia, se sirve un aperitivo de jamón de jabugo, salmón y cazuelitas de pasta con relleno caliente. Vermut, cerveza o mojitos completan la oferta.

-¿No habeis invitado a Blas?-  pregunta Raúl

-Sí, pero ya sabeis lo raro que es ese, lo mismo ni viene.

Cuando ya han decidido ponerse a cenar aparece el tal Blas, un personaje distinto, la cara curtida por el sol y los brazos blancos en claro contraste, luciendo una sonrisa infantil y una ingenua mirada.

-¡Coño Blas!, ya íbamos a empezar sin tí, ¿vienes de segar en el campo?

Perdonar chicos  -les dice un poco turbado-, he perdido una camioneta y la otra ha tardado en llegar. Creía que no iba a llegar nunca. Si lo dices por la tonalidad de mi piel es por la dureza de la montaña.

¡Vaya con el montañero!   -replica con sorna Juan Luis

Chicos vaya pasada, la montaña esa en el Nepal, casi me quedo allí.

Se sienta sin saludar a nadie y se pone a referir sin pausas todas las emociones vividas en la epopeya. Pletórico de felicidad, este cincuentón soltero se muestra más feliz que ninguno de los presentes. Desde muy jovencito le dió por esa locura del alpinismo y se entregó por entero a ella, sin importarle lo más mínimo cosechar el desprecio de sus semejantes, que no pueden comprenderle por más que lo intenten.

Idiota el, idiotas ellos, no sabemos cómo calificarlos.

Observamos a un hombre enteramente felíz con su causa, hablando de sus penalidades físicas en terrenos inhóspitos al lado de personajes más pobres y peor equipados que el, ayudándole a transportar los equipos que han puesto en sus manos patrocinadores comerciales sin alma.

-Enterrado en la nieve, en medio de la tempestad, con 30 grados bajo cero y a punto de congelárseme el habla, tuve que sacar todas las fuerzas que me quedaban para seguir subiendo a la cima de aquella bestia. ¡Qué maravilla el paisaje!, ¡esas morrenas oscuras, en medio del rio de hielo azulado y gris!...

Se tiró toda la noche hablando de aquello, solo, sin que nadie le hiciera caso a aquél bobo solitario para quien la felicidad solo se hallaba en la montaña y sus sacrificios casi insuperables, que eso sí, le ofrecen  más que a sus amigos la Sociedad hipócrita.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Punto y final

Os presento a Inés, una de tantas abuelas del barrio de Salamanca que vive sola al pairo de un mar poco picado en superficie aunque de traicioneras corrientes, de profundidades variables y agitadas por seres invisibles que dejan marcas visibles en los portales, hacen llamadas telefónicas sin sentido y hasta llegan a ofrecerse voluntarios para llevar la bolsa de la compra, siempre escasa de contenido. Todo porque sus hijos atareados en quehaceres múltiples para sobrevivir dignamente, no tienen apenas tiempo para emplear en ellas.

Es una de esas mujeres bravas que aún quedan y que a sus noventa y uno conserva la cabeza intacta, las ideas remotas y sus cuidados lo mejor que se le ocurre asistida por un voluminoso pastillero cargado de píldoras de muchos tamaños y colores que, sirvan o no, representan el tronco principal al que aferrarse para sostenerse a flote.

¡Ah!, se me olvidaba, también está Purita, la chica esa extranjera que le envían para asistirla durante unas cuantas horas, a la que no termina de acoger risueña, por más que su hija trate de convencerla de los beneficios que la reporta.

-Hija, no hace nada, solo charla y come, come todo lo que pilla hasta que le da la hora.
Claro, así está, como para hacerte nada.

Si no fuera por su inseparable Linda, la perrita más vieja que el alma, que parece comprenderla mejor que nadie, con esos ojos que hablan más de la cuenta. No sabe qué sería de ella, si le faltara.

Saca fuerzas para bajarla a la calle todos los días aun cuando sus hijos se lo tengan prohibido, sin encontrarle solución adecuada al animal que como su ama también necesita bullicio callejero.

Bastón en una mano, correa de Linda en la otra, intentará un dia más el paseo tranquilo por la acera. Ninguna de las dos quiere ya sobresaltos en esta mañana de verano y antes de que el sol apriete.

-¡Adiós, Señora Inés!-  le saluda amablemente el tendero que la vende el pan todos los días y que se recuesta ahora en la puerta del despacho. La perra ni se fija en él, lo tiene ya muy visto.

-Hay que ver lo viejo que está ya este, igualito que el mozarrón de su padre-  susurra Inés entre dientes. Mira por donde, hoy voy a comprar el pan en la acera de enfrente, para que vea este mocoso que yo no me caso con nadie...

Unos cuantos pasos más y ya están las dos ante el semáforo esperando al muñequito verde.

-¡Por fín!, vamos Linda.

Inician el cruce de la calle, confiadas en que les bastará todo el tiempo que empleen, hoy además es sábado y hay poca circulación enemiga. No cuentan con que también haya un destino acechando, que se invente un coche tras ellas y que atraviese el paso en ámbar, sin percibir a la perra que camina cansina detrás del ama. Suenan golpes secos, como de grandes dados en cajas de cartón vacías y curiosamente ningún lamento, ningún quejido.

Inés, que aún no ha tenido tiempo de girar la cabeza, siente el ruido tras ella y se asusta. Se la apareció el mal nacido, cuando menos se lo esperaba, que se lleva por delante a su Linda que la mira extenuante, con sus ojos que todo lo dicen:

-¡Inés, esto se acaba!, pero no te apures, que ya me tocaba.

Inés no para de gritar:  ¡Asesino, asesino!

Blande el bastón de tal forma que si pallara al autor de la ignominia, se lo rompería encima hasta matarlo. Acuden algunos viandantes en su auxilio, recogen a la perra del suelo con la mayor ternura, pero ya no sirve de nada. El coche se aleja de allí, seguramente conducido por algún jovenzuelo borracho, que no está para consuelos ni mucho menos para atender a viejas desamparadas.

Seguro que esa mañana estaba escrita en la sucinta historia de ámbas y a Inés le faltaron fuerzas para reponerse de aquello y en pocos días, de forma inexplicable para sus hijos, se fue a reunir con su perra a algún lugar lejano, en forma de espíritu.

En otro lugar del Madrid presente, un cincuentón despistado alardeaba delante de sus amigos tras haber escapado con vida de las furias de una vieja energúmena, a quien sólo la había matado el perro.

A veces me da por pensar en lo caprichosa que es la vida, cuando decide la forma de encontrar el punto final de las historias humanas.