Saturados de ocio
Mecidos en las calidas aguas de la inacción,
nuestra carabela se halla al pairo esperando mejores vientos.
Entretanto procuramos la distracción,
tantas veces insana,
que nos retrotrae hacia lugares
donde nunca quisimos morar.
¿Qué puede darnos placer en la quietud?
¿Un regodeo fantástico de exaltación del ánimo?
¿Una fijeza adictiva que devora la entraña?
¿El olvido del postergado interés por algo?
No lo sé,
nunca me paré a pensarlo.
Mientras lo hago, vagueo,
no sea que termine agotándome de tanto pensar
y acabe alocando y muriendo en aquél mar
de inmensas aguas quietas de actividad.
Comprendo los duros trabajos de sol a sol
que emprendían los viejos, sin descansar,
eludiendo la holganza, preñando el futuro de gestación
para tenernos después qué reprochar.
Jovenes viejos, tumbados en el sofá,
gastados sus dedos en la consola,
acaso se vean puestos en solfa,
regurgitando en ese mismo mar, inundados por la ola
de un imprevisto temporal.
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