jueves, 15 de septiembre de 2011

Cena de idiotas

Aunque no tenga nada que ver el titulo con la conocida Obra, el relato tiene en común una reunión de amigos para celebrar sus éxitos.

La noche se presentaba cuando menos interesante. Movidos por la nostalgia, antiguos compañeros de colegio se han visto convocados a una cena en un chalet a las afueras de Madrid. El dia ha sido caluroso pero el lugar indicado parece blindado contra la canícula y las estrecheces. Pertenece a Juan Luis y a Matilde, pareja de cincuentones de éxito afincados en esta casa diseñada por los Levitt decididos a mostrarla sin complejos.

Van llegando poco a poco, primero Ramón el más desahogado, sin pareja, sin compromiso y un poco cansado de esta vida miserable. Económicamente no le va del todo mal pero al preocuparse solo de vivir, sus recuerdos no terminan por alimentar del todo a su ego en comparación con los otros. No estaba muy convencido de tener que ir pero Juan Luis se puso pesado, recurriendo incluso a chascarrillos del colegio que llegaron a provocarle sonrisas y ultimamente reía poco, por lo que pensó que esa noche se producirían algunas más.

Raul y Cristina le pisan casi los talones aparcando su flamante Mercedes biplaza del que se sienten tan orgullosos. El industrial, ella abogado, se esfuerzan por guardar las apariencias en un contexto de hipocresía negociada. No les falta de nada y sobrellevan la crisis buscando la rapiña de oportunidades de negocio entre los cadáveres que van quedando en la cuneta. Para eso sí están de acuerdo, no para mantener la vida conyugal que les ha superado con creces. Tienen dos hijos que apenas disfrutan, sometidos a la ley de libre albedrío y capaces de ordenarse las pizzas por teléfono cuando les viene en gana. En aquella clase del colegio de curas, Raul era el clásico trepa listillo que se las ingeniaba para liderar los primeros puestos.

Juan y Marisa llegan más tarde a bordo del utilitario, el funcionario en la escala de técnicos, ella maestra en la escuela pública, también funcionaria, lastrados ambos por esa forma de ser afectada por la burocracia del ser y del sentir en lo profesional. Lo tópico no tan tópico. Prudentes, respetuosos, sencillos o no tanto si enjuiciamos su aspiración de recien casados por conseguir aquél piso de la Castellana aún a costa de sacrificios numantinos. Con dos hijos casados o más bien unidos a sus parejas respectivas, que se arriman lo que pueden al beneficio materno.

Los detalles se agolpan en la mesa del salón de los anfitriones. Juan Luis siempre fue puntilloso y ahora no lo iba a ser menos; todos tienen su detallito que sorprende aunque para alguno resulte cursi.

De allí a la terraza, con vista espectacular hacia una puesta de sol inigualable donde, una chica de tez tostada y con cofia, se sirve un aperitivo de jamón de jabugo, salmón y cazuelitas de pasta con relleno caliente. Vermut, cerveza o mojitos completan la oferta.

-¿No habeis invitado a Blas?-  pregunta Raúl

-Sí, pero ya sabeis lo raro que es ese, lo mismo ni viene.

Cuando ya han decidido ponerse a cenar aparece el tal Blas, un personaje distinto, la cara curtida por el sol y los brazos blancos en claro contraste, luciendo una sonrisa infantil y una ingenua mirada.

-¡Coño Blas!, ya íbamos a empezar sin tí, ¿vienes de segar en el campo?

Perdonar chicos  -les dice un poco turbado-, he perdido una camioneta y la otra ha tardado en llegar. Creía que no iba a llegar nunca. Si lo dices por la tonalidad de mi piel es por la dureza de la montaña.

¡Vaya con el montañero!   -replica con sorna Juan Luis

Chicos vaya pasada, la montaña esa en el Nepal, casi me quedo allí.

Se sienta sin saludar a nadie y se pone a referir sin pausas todas las emociones vividas en la epopeya. Pletórico de felicidad, este cincuentón soltero se muestra más feliz que ninguno de los presentes. Desde muy jovencito le dió por esa locura del alpinismo y se entregó por entero a ella, sin importarle lo más mínimo cosechar el desprecio de sus semejantes, que no pueden comprenderle por más que lo intenten.

Idiota el, idiotas ellos, no sabemos cómo calificarlos.

Observamos a un hombre enteramente felíz con su causa, hablando de sus penalidades físicas en terrenos inhóspitos al lado de personajes más pobres y peor equipados que el, ayudándole a transportar los equipos que han puesto en sus manos patrocinadores comerciales sin alma.

-Enterrado en la nieve, en medio de la tempestad, con 30 grados bajo cero y a punto de congelárseme el habla, tuve que sacar todas las fuerzas que me quedaban para seguir subiendo a la cima de aquella bestia. ¡Qué maravilla el paisaje!, ¡esas morrenas oscuras, en medio del rio de hielo azulado y gris!...

Se tiró toda la noche hablando de aquello, solo, sin que nadie le hiciera caso a aquél bobo solitario para quien la felicidad solo se hallaba en la montaña y sus sacrificios casi insuperables, que eso sí, le ofrecen  más que a sus amigos la Sociedad hipócrita.

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