Os presento a Inés, una de tantas abuelas del barrio de Salamanca que vive sola al pairo de un mar poco picado en superficie aunque de traicioneras corrientes, de profundidades variables y agitadas por seres invisibles que dejan marcas visibles en los portales, hacen llamadas telefónicas sin sentido y hasta llegan a ofrecerse voluntarios para llevar la bolsa de la compra, siempre escasa de contenido. Todo porque sus hijos atareados en quehaceres múltiples para sobrevivir dignamente, no tienen apenas tiempo para emplear en ellas.
Es una de esas mujeres bravas que aún quedan y que a sus noventa y uno conserva la cabeza intacta, las ideas remotas y sus cuidados lo mejor que se le ocurre asistida por un voluminoso pastillero cargado de píldoras de muchos tamaños y colores que, sirvan o no, representan el tronco principal al que aferrarse para sostenerse a flote.
¡Ah!, se me olvidaba, también está Purita, la chica esa extranjera que le envían para asistirla durante unas cuantas horas, a la que no termina de acoger risueña, por más que su hija trate de convencerla de los beneficios que la reporta.
-Hija, no hace nada, solo charla y come, come todo lo que pilla hasta que le da la hora.
Claro, así está, como para hacerte nada.
Si no fuera por su inseparable Linda, la perrita más vieja que el alma, que parece comprenderla mejor que nadie, con esos ojos que hablan más de la cuenta. No sabe qué sería de ella, si le faltara.
Saca fuerzas para bajarla a la calle todos los días aun cuando sus hijos se lo tengan prohibido, sin encontrarle solución adecuada al animal que como su ama también necesita bullicio callejero.
Bastón en una mano, correa de Linda en la otra, intentará un dia más el paseo tranquilo por la acera. Ninguna de las dos quiere ya sobresaltos en esta mañana de verano y antes de que el sol apriete.
-¡Adiós, Señora Inés!- le saluda amablemente el tendero que la vende el pan todos los días y que se recuesta ahora en la puerta del despacho. La perra ni se fija en él, lo tiene ya muy visto.
-Hay que ver lo viejo que está ya este, igualito que el mozarrón de su padre- susurra Inés entre dientes. Mira por donde, hoy voy a comprar el pan en la acera de enfrente, para que vea este mocoso que yo no me caso con nadie...
Unos cuantos pasos más y ya están las dos ante el semáforo esperando al muñequito verde.
-¡Por fín!, vamos Linda.
Inician el cruce de la calle, confiadas en que les bastará todo el tiempo que empleen, hoy además es sábado y hay poca circulación enemiga. No cuentan con que también haya un destino acechando, que se invente un coche tras ellas y que atraviese el paso en ámbar, sin percibir a la perra que camina cansina detrás del ama. Suenan golpes secos, como de grandes dados en cajas de cartón vacías y curiosamente ningún lamento, ningún quejido.
Inés, que aún no ha tenido tiempo de girar la cabeza, siente el ruido tras ella y se asusta. Se la apareció el mal nacido, cuando menos se lo esperaba, que se lleva por delante a su Linda que la mira extenuante, con sus ojos que todo lo dicen:
-¡Inés, esto se acaba!, pero no te apures, que ya me tocaba.
Inés no para de gritar: ¡Asesino, asesino!
Blande el bastón de tal forma que si pallara al autor de la ignominia, se lo rompería encima hasta matarlo. Acuden algunos viandantes en su auxilio, recogen a la perra del suelo con la mayor ternura, pero ya no sirve de nada. El coche se aleja de allí, seguramente conducido por algún jovenzuelo borracho, que no está para consuelos ni mucho menos para atender a viejas desamparadas.
Seguro que esa mañana estaba escrita en la sucinta historia de ámbas y a Inés le faltaron fuerzas para reponerse de aquello y en pocos días, de forma inexplicable para sus hijos, se fue a reunir con su perra a algún lugar lejano, en forma de espíritu.
En otro lugar del Madrid presente, un cincuentón despistado alardeaba delante de sus amigos tras haber escapado con vida de las furias de una vieja energúmena, a quien sólo la había matado el perro.
A veces me da por pensar en lo caprichosa que es la vida, cuando decide la forma de encontrar el punto final de las historias humanas.
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